LOS VALDENSES, UN AYER QUE VIVE Y PROCLAMA SU FE EN JESUCRISTO
Continuamos el ciclo de Historia Valdense escrito por Febe Barolin, miembro de la Iglesia Evangélica Valdense de Colonia San Gustavo, Entre Ríos; y publicado en el periódico de dicha comunidad “La Voz Valdense”. Las fuentes bibliográficas usadas principalmente fueron: Historia de los valdenses, del Pr. Ernesto Tron; Los Valdenses, crónica de una herejía, de Octavio Aceves; y Los Valdenses, de Giorgio Tourn. Este ciclo recorre los momentos más significativos de una historia singular. Aquí el segundo capítulo.
2. La perla de gran precio
Valdo y sus seguidores desplegaron una gran actividad evangelizadora. Por ello las autoridades eclesiásticas se alarmaron y empezaron a oponerse. El arzobispo de Lyón le intimó que dejaran de predicar, pero no acataron la orden.
Valdo y sus discípulos fueron expulsados de la ciudad. Entonces apelaron al Papa, pero no habiendo recibido ninguna satisfacción del Vaticano, más que una orden perentoria de no predicar, no titubearon más. Así como los primeros apóstoles en presencia del Sanedrín de Jerusalén, afirmaron con firmeza: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. Ello motivo a que el Concilio de Verona en 1183, los excomulgara, y a partir de entonces el movimiento iniciado por Valdo quedó separado por completo de la Iglesia Católica Romana.
A raíz de su condenación, los Pobres de Lyón, como se denominaron a Valdo y sus seguidores, no se desanimaron. Salieron a recorrer los alrededores de Lyón, para más tarde a otros países, fieles al mandato del Señor: “Id y predicad el Evangelio a toda criatura.”
En el sur de Francia y el norte de Italia, encontraron un terrero favorable, porque ya habían surgido movimientos similares, que aunque habían asesinado y encarcelado a sus líderes, habían dejado numerosos discípulos.
Los valdenses aparecen pues, como una fusión de aquellos distintos movimientos de índole evangélica que habían surdido en varias partes.
Los valdenses primitivos formaban una especie de comunidad independiente de la Iglesia de Roma, cuyos miembros afirmaban la autoridad soberana de la Biblia y sentían el deber de testimoniar personalmente su fe. Gracias a una predicación asidua y fiel, el movimiento se extendió con rapidez, y no solo en Francia e Italia, sino en Suiza, Alemanaza, Austria, España y Bohemia.
Los conductores espirituales de los valdenses eran llamados “barbas”, que en el dialecto valdense, quiere decir tío. Asistían, por algunos años, a una escuela en donde aprendían de memoria gran parte del Nuevo Testamento; y comenzaban su tarea al lado de un barba más anciano, llamado “regidor”. Emprendían viajes misioneros, de dos en dos, por todas partes. Había en los distintos lugares, un hospicio que servía de posada y de lugar de reunión para los fieles. A veces se reunían en graneros y cavernas para no ser descubiertos.
Precisamente a causa de la prohibición y persecución, para poder testimoniar su fe, simulaban ejercer algún oficio; él más común era el de mercader ambulante. El barba, simulando ser un vendedor, se acercaba a todas las casas sin ser molestado. Llegaba hasta los castillos de los señores más poderosos. Empezaba por exhibir a las nobles damas sus tesoros: alhajas, telas finas, encajes, etc., y al personal de servicio, artículos más comunes. Terminada la venta añadía: “Poseo aún joyas muy preciosas, pero temo que me traicionéis”. Bajo la promesa tranquilizadora de los moradores del castillo el mercader proseguía en tono misterioso: “Tengo una perla luminosísima cuya excelsa virtud permite a cada hombre llegar a conocer a Dios. Poseo otra tan esplendente, que enciende el amor de Dios en cada uno que la posee…” Y allí, ante un auditorio atento e impaciente, nuestro mercader se transformaba en profeta y empezaba a recitar sentencias y trozos del Evangelio y a exhortar a los oyentes. Antes de retirarse, les dejaba una porción del Nuevo Testamento, para que las meditaran.
Así, de casa en casa, de aldea en aldea, de ciudad en ciudad, aquellos fieles testigos de Cristo ejercían su ministerio con perseverancia y fe.

